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YoguiInspiración

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Entrevista con Ignacio M. de Lejarza


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  • La economía no deja de ser una faceta más de la interacción de unas personas con otras, y no tenemos por qué actuar de una manera distinta en nuestras interacciones económicas (compras, ventas, trabajo, contratación, alquileres, ahorro, inversión, domiciliaciones, préstamos y todas estas cosas que todos de una u otra forma hacemos) a como lo hacemos en otros órdenes de nuestra vida social o individual de los que nos sentimos tan orgullosos, tan íntegros, tan conscientes, tan humanos, tan integrados (tan yoguis y yoguinis). Sin embargo, no siempre es así.

    A menudo las empresas pretenden incentivar económicamente a sus ejecutivos y empleados de alto rango, elevando y elevando sus primas, consiguiendo como perversa consecuencia una minusvaloración del trabajo, del valor de las cosas bien hechas, de la aprobación de los compañeros.

    Los consumidores, azuzados por la publicidad o dejados llevar por el cansancio, nos entregamos a un consumo acrítico de inmediata y, por lo general, efímera recompensa. Nos desmadejamos en el sofá viendo una televisión a menudo nociva y deformadora, o nos atontamos pasando distraídamente pantalla tras pantalla en el móvil o el ordenador, en lugar de realizar otras actividades lúdicas más profundamente gratificantes, como charlar con amigos o correr a abrazarlos, hacer ejercicio, leer o asistir a eventos sociales.

    Compramos masivamente en grandes superficies productos que quizá no necesitamos, o no en esas cantidades o con esas cualidades a veces contraproducentes, simplemente porque, de nuevo, resulta cómodo dejarse llevar por una rutina de “acción” económica que no nos pertenece, que no hemos decidido conscientemente.

    Caemos en la trampa de pensar que la actuación de cada

  • uno de nosotros es “lógica” cuando preferimos lo barato a lo caro, lo prestigioso a lo no conocido, lo masivo a lo comedido, lo exótico a lo cercano; en definitiva, más utilidad (como dice la jerga económica) a menos utilidad.

    El “homo economicus” es un ser (quizá ideal y ficticio) pero desde luego soberano en y de nuestro mundo. Es un tipo, siempre racional y egoistón que consigue en su interacción que una mágica “mano invisible” nos lleve a todos a más y más felicidad (??)

    Esta es una falacia de partida. Pues sólo en cierta medida, los humanos somos “económicamente racionales”. Más bien somos seres complejos, formados de valores, sentimientos y anhelos no siempre materiales ni cortoplacistas. Pero caemos en la trampa, y nos olvidamos.

    ¿Es ello posible? Sí. Sí lo es. En primer lugar se puede actuar en la acción ciudadana/política convencional por los cauces políticos de participación, crítica, etc. Pero, sobre todo podemos cambiar nosotros mismos, siendo “el cambio que queremos ver en mundo”.

    Es cierto que el sistema social nos empuja a muchas cosas, pero siempre es posible decir «no».

    En un mundo desbocado hacia la sobre-explotación del planeta, hacia el desprecio a la justicia social, a la empatía y a la solidaridad, empieza a ser necesario que la conciencia tome el control, también en la vida económica. Todo ello hace imprescindible que los hombres y mujeres conscientes actuemos como ciudadanos para ir decantando a la sociedad hacia políticas económicas más igualitarias, más solidarias, menos sesgadas hacia los poderosos, más comprometidas con el auténtico progreso del ser humano y más sostenibles en un mundo que, a diferencia de ese ficticio invento que es el dinero, tiene un límite intraspasable.


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    Por ello, distintas apuestas por una manera de concebir las relaciones de naturaleza económica están empezando a ponerse encima de la mesa.

    Afloraron, primero, la economía social y el cooperativismo; después algunas iniciativas de ponderar otros valores diferentes de los puramente económicos, el comercio justo, los bancos de tiempo, monedas sociales alternativas. Más tarde, iniciativas empresariales que ponían el acento en cierto sentido ético de su actividad.


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    Hasta en el frío e insondable mundo financiero, surge la llamada “Banca ética”.

    Con el tiempo la evolución natural de estas iniciativas se está abriendo a planteamientos más globales, como el movimiento de la “Economía de bien común”, de Christian Felber, o la Economía consciente, de Martín Traverso.

Ignacio M. de Lejarza
Profesor de Economía Aplicada (Métodos cuantitativos) Universidad de Valencia
mlejarza@uv.es
Fotografías: Cecilia Cristolovean / http://cecillephotography.com/