DE SADHANAS, LUCES Y SOMBRAS

De Sadhanas, luces y sombras

A veces, la vida tiene ironías curiosas. El domingo pasado, tras volver de unos días de práctica intensa de yoga, algo me hizo abrir un cajón de mi mesilla de noche que no suele estar muy transitado. En su interior había una bonita libreta que ni siquiera recordaba que tenía, y al abrirla me encontré con unas notas sobre una meditación de 40 días que intenté poner en práctica hace un par de años. Digo intenté porque mi yo de entonces pensaba que hacer una misma cosa durante 40 días seguidos era algo totalmente imposible, una odisea solo apta para devotos chamanes o personas centradas e incansables. Y por supuesto yo no me encuentro en ninguna de esas dos categorías, sino más bien al revés. Por eso, en mi bonita libreta las anotaciones de los cinco primeros días daban paso a un blanco ensordecedor que me recordaba a menudo lo que nunca conseguí hacer.

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La cuestión es que tras abrir esta libreta, mis labios esbozaron una media sonrisa. No sé muy bien si me reía de lo simple que puede ser la mente, de la sincronicidad que a veces muestran los acontecimientos o de una mezcla de todo junto. Resulta que el domingo pasado volvía de dos días de formación intensiva de Kundalini Yoga. Y esos días eran la culminación de cuarenta días de práctica constante, de cuarenta días de luchar contra el despertador y de quitarle horas al roce de la funda nórdica sobre mi cuerpo para ponérselas al yoga y a una promesa de algo distinto y luminoso. Una promesa que los yoguis llaman Sadhana.

Sadhana significa práctica espiritual diaria. Según la teoría yóguica, Sadhana es una autodisciplina que te permite experimentar el Infinito dentro de ti mismo. Y según Yogi Bhajan, escuchar y leer solo es el primer paso: la experiencia y la práctica personal son necesarias para integrar yoga en tu ser, y por eso, entre otras muchas cosas, los yoguis tenemos que hacer Sadhana.

Os contaré un secreto a voces: siempre he odiado madrugar. Y siempre he sido una persona un poco inconstante. Así que me lancé a lo loco a la Sadhana, que para mí era un cóctel de todo lo que yo creía que jamás podría hacer. Y resulta que estaba equivocada. Quizá con un poquito más de sufrimiento que los demás y con unas siestas un poco más largas de lo normal para compensar, pero lo conseguí.

 

Uno de los aspectos que me resultan más curiosos del yoga es que es como tener un inspector interior, como si alguien se metiera en tu inconsciente con una linterna y fuera iluminando todas las zonas a las que no te apetece mirar, hasta que la luz es tan fuerte que no puedes ignorarla. Tienes que dirigir la mirada hacia “ahí”, hacia “eso”, hacia lo que un tal Stephen King llama “It”. Quizá con los ojos guiñados o con cara de aturdimiento, como cuando te encienden de repente la luz de la habitación en mitad de la noche. Pero sostienes la mirada, tomas conciencia y aprendes, que al fin y al cabo es lo importante.

La Sadhana no me decepcionó porque hizo exactamente lo que yo esperaba: el pequeño inspector se puso en acción y se manifestó bajo diversas formas y colores. Cada madrugada era una sorpresa. Yo sabía que el muy cabrón estaba cerca cuando me sorprendía a mí misma a las seis y media de la mañana pensando sobre el borroso límite entre autodisciplina y masoquismo. Sadhanomasoquismo, más bien, me decía. Cuando el agotamiento me quitaba las ganas de practicar. Cuando dudaba entre si cortarme las ojeras o dejármelas largas. Cuando mis compañeros de clase comentaban emocionados que su reloj interno se había ajustado y que a las cinco y media de la mañana abrían los ojos de forma natural y yo empezaba a sentirme un bicho raro y a pensar que quizás esto no era para mí…

 

IMG_7141 copia (1)Pero la luz siempre gana a la sombra, y el maravilloso equipaje que me llevé por el camino lo demuestra: empecé a practicar a diario una kriya para la energía creativa y a notar sus efectos beneficiosos en forma de un buen humor increíble, una energía que hacía tiempo que no tenía y unos ataques de creatividad que me hacían sentir totalmente conectada conmigo misma, con mi esencia. Disfruté de la conexión de meditar con un grupo de gente genial, de estas personas que provocan admiración por su sorprendente combinación de dulzura y fuerza al mismo tiempo. Me convertí en una versión de mí misma más fuerte y más consciente. Y sobre todo, me probé a mí misma que casi todo, con la motivación adecuada, es posible.

Así que, si hoy me preguntaras si te recomiendo la Sadhana, te respondería con un rotundo sí, pero advirtiéndote tres cosas antes. La primera, que la Sadhana es una disciplina solo apta para valientes. La segunda, que seguramente seas mucho más valiente de lo que crees. Y la tercera, que vas a disfrutar de cada minuto de sueño como nunca en tu vida. Suerte, sadhanero.

Paula Abascal Fernández

Licenciada en Periodismo

Paulabascalfdez@gmail.com

unusualhippies.com

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