HIJO DEL UNIVERSO

HIJO DEL UNIVERSO

Pues aquí estoy, delante del ordenador pensando que puedo contar yo a los lectores de YoguiOla que pueda resultar de su interés. No es nada fácil, Marta. Veo el ejemplar de abril y no dejo de pensar que verdaderamente, mis conocimientos sobre esta práctica milenaria no se acercan ni por asomo a todo lo que estoy leyendo. Es por esta misma razón, por el respeto que me produce este mundo, por lo que he decidido relatar como inicié mi acercamiento al yoga.

Leonor 1

En junio de este año, hará tres años que me diagnosticaron un cáncer de mama. Siempre piensas que a ti no te va a pasar y, en mi caso con más motivo, puesto que en mi familia no existen antecedentes por ninguna de las ramas. Pero, que atrevida es la ignorancia y que equivocada estaba. Mi vida, perfectamente construida desde mi estrecho punto de vista, se había venido abajo y yo no podía hacer nada para cambiarlo. ¿Cómo podía escapar esta situación a mi control? ¿Por qué a mí? De repente, la luz se apaga, todo es oscuridad a tu alrededor y, te encuentras permanentemente al borde de un abismo, de puntillas a punto de caer. Sólo quieres despertarte al día siguiente y que el mal sueño se disipe. Pero no, amanece una y otra vez y te das de frente con tu propia realidad de la que ni tan siquiera llegas a ser consciente durante mucho tiempo.

A partir de este momento y con la vida patas arriba, llega un momento en el que la fuerte tienes que ser tú, porque nadie puede sustituirte. Lo tienes que pasar tú, y en función de tu actitud, todas las personas de tu entorno que te quieren, lo vivirán con más tranquilidad. En mi caso, mi hija tenía nueve años y yo estaba dispuesta a dar la batalla que fuera necesaria de la manera más llevadera posible.

Entonces conoces un submundo. Descubres que un hospital, en el cual vas a pasar como mínimo un año entrando y saliendo, va a ser tu nuevo hábitat. Tu vida se circunscribe a pruebas, revisiones, goteros, resultados… Pero también conoces personas que merecen muchísimo la pena, y yo me siento muy afortunada en ese sentido.

Aprendí mucho y comprendí mucho. Lloré mucho y reí mucho. Descubrí que había que celebrarlo todo, hasta las cosas que antes me parecían insignificantes. Mi escala de valores cambió por completo y mis prioridades ni te cuento.

Había hecho una peregrinación de la revelación contra el mundo a la aceptación. No lo había hecho de manera consciente, simplemente ocurrió día a día. Dejé de hacer planes. La vida me llevaba y yo ya no estaba al mando de las riendas.

Por fin, un día te dicen que todo ha terminado, que puedes retomar tu vida, pero ya no es la misma vida. Por primera vez supe lo que es vivir con miedo permanentemente. Y decidí que tenía que hacer algo o acabaría sumida en una paranoia interminable. Alguien me habló de practicar yoga.

Y dicho y hecho. Al día siguiente de acabar la radioterapia, empecé. No tenía ni idea y Roberto me recogió. Digo me recogió porque así lo sentí yo. Él me inició en la práctica y me enganchó. ¿Por qué? Pues la verdad lo he pensado muchas veces. No tengo una explicación clara. Tan sólo sé que me dio paz. Mucha paz interior, de la cuál estaba necesitada incluso antes de estar enferma. Hasta entonces, todo lo relacionado con el yoga me había parecido un poco outsider. Gente que no tenía nada mejor que hacer y que dedicada su tiempo a chorradas de ese tipo. Hoy después de más de dos años practicando, puedo decir, que ocupa un lugar destacado entre mis prioridades. Ya no concibo pasar una semana sin practicar yoga al menos tres días, cuando no son cuatro. Me di cuenta de que su práctica implicaba una manera diferente de ver la vida: de dentro hacia fuera. Lo importante es como haces el camino que es la vida, no donde llegas y con qué; como te relacionas con el medio natural que te rodea y sobre todo desarrollas un respeto infinito por el entorno que te envuelve.

Para finalizar, quiero compartir con vosotros unas palabras de Nelson Mandela en su investidura como Presidente electo de Sudáfrica (1994), que siempre me acompañan:OBIT_NelsonMandela_1918_2013_131205_16x9_992

Nuestro miedo más profundo, no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límites.Es nuestra luz, no la oscuridad, lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso?

En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo.

Ahí lo dejo.

 

Leonor Rodríguez Marín

Practicante de yoga

info@yoguiola.com

 

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